miércoles, 2 de enero de 2019

“Creer que las mujeres van a salvar al progresismo es como pensar que los obreros votan siempre a la izquierda”

GUILLERMO FERNÁNDEZ VÁZQUEZ

<p>Esteban Hernández.</p>
Esteban Hernández.
SALOMÉ SAGÜILLO

Esteban Hernández (Madrid, 1965) se está convirtiendo en uno de los periodistas más leídos por la izquierda española. No sólo por sus columnas diarias en el blog de post-política de El Confidencial, sino también por haber escrito varios ensayos que han agotado las primeras ediciones y suscitado el aplauso de la crítica. Esta vez le preguntamos por su último libro, El tiempo pervertidoDerecha e izquierda en el siglo XXI en el que realiza un sugerente análisis de nuestra sociedad tras cuatro oleadas conservadoras. El texto reviste singular interés no sólo por adoptar una visión histórica y geopolítica de conjunto, sino también por proporcionar pequeños análisis concretos de movimientos poco conocidos en nuestro país. Es el caso, por ejemplo, del movimiento del People’s Party estadounidense, de cuyo contexto y trayectoria Esteban Hernández extrae interesantes lecciones para el presente. Todo el ensayo es una invitación a forjar categorías para pensar nuestra sociedad. El periodista responde a las preguntas de CTXT por correo electrónico. *
El libro que publicas, que ya va por la segunda edición, se titula El tiempo pervertido. Derecha e izquierda en el siglo XXI. Figuras tan dispares como Emmanuel Macron, Marine Le Pen o Klaus Schwab dicen que la derecha y la izquierda ya no existen: ¿tú qué piensas?
Desde mi perspectiva, la izquierda y la derecha siguen existiendo, como remarco en el subtítulo del libro. Hay variaciones, pero continúan vivas. Los partidos de derecha e izquierda sistémica están perdiendo influencia o desapareciendo, emergen nuevas fuerzas y el eje izquierda/ derecha está siendo sustituido por el de global/nacional. No hay más que ver el mapa europeo para constatarlo. En ese terreno la izquierda tradicional está perdiendo, ya que, o se ha hecho liberal, y por lo tanto es muy frágil frente a la derecha, o es culturalista, y ahí ganan los socialdemócratas ahora reconvertidos en globalistas.
Mi perspectiva es otra: la derecha lleva 40 años ganando, desde la llegada de Thatcher y Reagan al poder, hasta el punto de que sus postulados han sido asumidos como necesarios para el sistema. En estas cuatro décadas, lo que hemos visto es cómo una pequeña parte de la pirámide social, la superior, ha estado acumulando poder y recursos, que ha quitado al 80% restante. Esa es la derecha. La izquierda tiene que apostar por que la mayoría de la sociedad consiga esos recursos y ese poder que están siéndole hurtados. Sin este elemento, lo demás es distracción, porque el capitalismo contemporáneo funciona así; puede que invoque asuntos culturales o de civilización, pero el único resultado real es que nos está quitando poder y recursos a los demás. Pero lo mismo estoy equivocado, y la derecha y la izquierda no existen, como dicen Macron y Schwab, o ser de izquierdas consiste en atacar a Soto Ivars en Twitter.
El tiempo es otra de las cuestiones centrales de tu libro. De hecho, en el prólogo confiesas que desde hace muchos años experimentas la sensación de carecer de él y de que la vida está siempre en otro sitio: lejos y fuera. ¿El sentimiento de que la vida se nos va tiene traducción política en el mundo actual?
El tiempo es tuyo cuando dispones de él, y cada vez tenemos menos tiempo propio. El tiempo, como los recursos, tiene una traducción política innegable, otra cosa es que alguien se la haya encontrado y lo haya articulado con tino electoral. Parece que nuestras vidas importan una mierda, y eso se nota tanto en la pauperización, como en la pérdida de opciones vitales, como en el tiempo disponible que tenemos. Todo está pensado para que enfoquemos nuestra vida hacia la mejora de nosotros mismos, una especie de auto-exigencia que nos empuja a tener cuerpos más fibrosos, más conocimientos que sirvan para el mercado laboral, más competencias relacionales, más bienes distintivos, más amantes, más éxito. A mí lo que me importa es tener tiempo para hacer lo que me gusta, una categoría que va desde estar con mi familia o con los amigos hasta escribir, y eso es justo lo que no tengo, ni he tenido prácticamente nunca. Porque para eso necesitas recursos, que es de lo que no dispones, y una mentalidad que te permita sustraerte de las exigencias sociales, lo que también lleva tiempo construir.
Reprochas a la izquierda una cierta ingenuidad por pensar en las mujeres como un sujeto histórico de cambio que necesariamente va a beneficiarla políticamente. Y ves en el origen de esta ingenuidad un cierto automatismo en el traslado de la “lucha de clases” a la “lucha de sexos”. No sé si sabías que este argumento lo repite mucho Marion Maréchal Le Pen…
Reconociendo que la derecha populista hace algunas críticas punzantes a la izquierda, precisamente porque parte de  su éxito radica en que las críticas a la izquierda sean atinadas, lo que digo es algo más sencillo. Hay una perniciosa inercia, instigada desde los demócratas estadounidenses y que ha impregnado a las fuerzas progresistas occidentales, que tiende a creer que las mujeres serán la fuerza electoral del futuro, que con ellas se frenará el fascismo y que son quienes se pueden oponer a los Trump y los Bolsonaro de este mundo. Hay que pelear por muchos asuntos que defiende el feminismo, pero por una cuestión de justicia, no por estrategia. Creer que las mujeres salvarán al progresismo es lo mismo que creer que las clases obreras votarán de forma automática a los partidos de izquierda. Llevamos muchos años viendo que no es así. Y con las mujeres igual. El voto a la Lega o el de Bolsonaro no han sido mayoritariamente masculinos ni de lejos. Lo que ocurre es que a parte de esta izquierda le conviene apoyarse en esta clase de temas porque así no se ve impelida a enfrentarse a las dinámicas capitalistas, lo cual es siempre es más complicado. Plantar cara al poder tiene mucho coste, y hay que tener valor para hacerlo.
En el libro atacas duramente el optimismo progresista de autores como Steven Pinker: ¿por qué es tan peligroso?
Es ridículo, más que otra cosa. Es la negación de los males del presente a través de su comparación con un mundo irreal. Sí, ahora hay problemas, pero peor vivíamos en la prehistoria, esa clase de razonamientos estúpidos. Son del tipo, “Eh, negro, no te quejes, que peor vivías cuando eras esclavo”. Es como ir al entierro de una persona de 40 años que ha sido atropellada por un conductor borracho y decirles a los familiares que al fin y al cabo, la esperanza de vida antes era de 28 años y que deben sentirse afortunados. En fin, cuanto más sacan a relucir las diferencias con el pasado, más demuestran la imposibilidad de convencer mediante los logros presentes.
Y cuando no es el pasado, es Asia: “Alegraos, clases medias y obreras occidentales, porque vosotros sois más pobres y lo seréis aún más en el futuro, pero ahora hay más clases medias asiáticas y menos pobres allí”. Sin duda, es motivo de celebración: se llevan los trabajos donde sale mucho más barato para que los grandes accionistas consigan aún más beneficios. La paradoja es que lo que han ganado en la guerra de clases interna lo están perdiendo en la geopolítica: el auge chino es el resultado de esta estupidez de las élites occidentales.
En el libro detallas algunos aspectos muy interesantes del populismo norteamericano del People’s Party a finales  del siglo XIX. ¿Qué hay de común entre aquel populismo y la defensa del “normal guy” y de una especie de “capitalismo para todos” que hace Stephen Bannon en sus discursos?
Nada. Fue justo lo contrario, y eso lo describía bien  Thomas Frank en Qué pasa con Kansas. El populismo estadounidense de finales del XIX fue anticapitalista a fuer de ser capitalista. Creían en el sistema, en la constitución americana, en los límites a los poderosos y en la defensa de la gente común frente a los ricos. Y eso les hizo peligrosos en el contexto del capitalismo de los Robber Barons, muy similar al contemporáneo. Ellos querían devolver el poder que había sido usurpado a la gente común, Bannon quiere que las élites estadounidenses tengan más poder; los populistas querían cambiar el sistema económico, Bannon quiere seguir haciendo lo mismo, sólo que beneficiando a los ricos de EEUU. No son lo mismo ni de lejos.  
Subrayas mucho la potencia política que tiene usar las armas ideológicas del adversario para dirigirlas contra sí mismo. ¿La meritocracia forma parte de esas ideas que pueden volvérsele en contra a lo que en el libro denominas la “cuarta oleada conservadora”?
La meritocracia forma parte de ello, pero no es más que un aspecto. Nuestro sistema traslada continuamente la idea de que quienes tienen éxito acumulan méritos para ello, que si ocupan una posición privilegiada es porque cuentan con talento. En realidad hay un conjunto de factores que influyen en el éxito, y el principal es el origen social, que es el que proporciona el capital, los contactos y la formación.
Pero, además de esto, nuestro sistema no premia el talento y el mérito, lo combate radicalmente. Su idea central es la obtención de la máxima rentabilidad, y eso no puede lograrse sin el control taylorista de los procesos laborales. Eso genera una notable contradicción entre las lógicas propias de la realización del trabajo y lo que se exige. Así que quien lo hace bien y tiene talento suele salir perdiendo. Del mismo modo, el CEO de una empresa que toma decisiones mirando al largo plazo suele ser despedido rápidamente. Es curioso que la ideología neoliberal hable tanto de liberar las trabas burocráticas cuando lo que ha hecho en la práctica es intensificarlas.
En uno de los capítulos sostienes que la llamada “psicología positiva” nos culpabiliza y disciplina casi tanto como la vieja ética protestante. ¿Por eso triunfan los llamamientos a la libertad y a la exaltación de lo políticamente incorrecto que hacen las nuevas derechas identitarias?
Sí, en gran medida. Dado que el pensamiento positivo, el enfoque proactivo y flexible, la adaptación a las exigencias de bienestar, cuidado del cuerpo, atractivo físico y predisposición laboral se convierte en el lugar común de nuestra época, en que el “si quieres, puedes” es tan habitual, el dextropopulismo tiene un campo muy amplio en el que operar. Vete a un bar de un barrio de clase obrera o a uno rural a decirles a los parroquianos que no beban cerveza o cubatas, que tomen quinoa en lugar de comidas con grasaza, que salgan a hacer running y que adopten la actitud adecuada y así triunfarán en la vida. Te sacan de allí a hostias.
Pero el problema va más allá, porque este tipo de discursos también generan culpa y vergüenza en otros estratos de la población. No tener el cuerpo adecuado, no saber idiomas, tener titulaciones de poco prestigio (o ninguna), utilizar bienes deteriorados, como el coche o la ropa, o tantas otras cosas, hace que la gente se sienta inferior e interiorice, aunque sea en una pequeña medida, que son menos que los demás y que, en el fondo, si no han triunfado es porque no han estado a la altura. De modo que al final estamos auto-examinándonos con demasiada frecuencia, fijándonos en los aspectos personales mucho más que en los estructurales, que son esenciales. El populismo de derechas rompe ese círculo mediante el orgullo de la nación o la insistencia en un mal externo, como Bruselas, Madrid o los inmigrantes y, al hacerlo, desculpabiliza.
La cuestión de las identidades va a ser probablemente una cuestión central en los próximos diez años. ¿Están las fuerzas progresistas preparadas para encararla sin caer en los tics esencializantes de la derecha radical conservadora?
La identidad es una forma de recomponer lo roto, de unir a gente separada por un individualismo feroz, de conceder autoestima y orgullo a poblaciones que tienden a carecer de ella. Esa es la oferta populista, y a ella ha opuesto la izquierda otro tipo de identidades, las culturales. Combatir en el marco de la identidad, desde esa perspectiva, es pelear en el terreno de juego en el que vas a perder. Para tomar en serio la identidad, debemos conocer mucho mejor nuestra sociedad, cuáles son sus deseos y aspiraciones, sus temores y sus necesidades, y a partir de ahí se puede construir una opción real.
Si tuvieras que jugarte dinero: ¿apostarías por el fin de la UE a corto plazo o por su supervivencia con leves modificaciones?
A corto plazo, no; a medio, sí. Tiene grandes debilidades, como una escasa cohesión entre territorios, ya que está pensada para favorecer a Alemania y a otros países del norte; no tiene ejército propio; cada país piensa en sus intereses sin visión de conjunto; cuenta con una fractura social interna, en términos de clases sociales, de dimensiones sustanciales; tiene enemigos poderosos, como EEUU, que la quieren plenamente subordinada; y para rematar carece de líderes, no ya brillantes, sino siquiera sensatos. Que tengamos allí a Juncker es alucinante, como antes Schauble, o el holandés ese que decía que los del sur teníamos que devolver el dinero que nos habíamos gastado en fiestas y mujeres. Con esa gente al frente, no podemos ir muy lejos, la verdad. No pinta nada bien.
La UE podría ser una buena idea en un entorno geopolítico en el que el tamaño importa, y en el que tener un espacio propio supone disponer de capacidad disuasoria y de poder para negociar con EEUU y China. Pero son sus propios defensores quienes se la están cargando a marchas aceleradas.
Por último: ¿qué tres cosas consideras que debería aprender la izquierda española del populismo norteamericano del siglo XIX?
La primera y más importante, una posición estratégica: golpeó donde más dolía. Su resistencia era real, porque estaba bien planteada e iba al núcleo del asunto. Podrían haberse perdido en cuestiones culturales, no en vano eran gente que venía de entornos religiosos, pero las utilizaron para enfrentarse al poder económicamente duro que les estaba arruinando, y fueron atrevidos en ese punto, proponiendo medidas necesarias y muy interesantes todavía hoy. En segundo lugar, la visión de clase que contenía, en la que equiparaba a todos los que salían perdiendo con el capitalismo de su época, lo que les permitía utilizar todas las armas discursivas a su disposición. En este aspecto, como en otros, la situación a la que los populistas del siglo XIX se enfrentaron es similar a la actual: grandes capitales convertidos en especulación financiera que construyen monopolios y oligopolios a partir de los cuales abaratar el trabajo, subir los precios y extraer rentas, y que se apoyaban en la corrupción política.
En un contexto como aquel, y como este, hay que saber leer bien la estructura de clases para organizar la resistencia, porque ahí reside una de las claves, la capacidad que tiene el poder para enfrentar a quienes poseen en realidad intereses comunes. El populismo del siglo XIX estuvo muy muy cerca de que su candidato fuese nombrado presidente de los EE.UU., y le faltó ese punto que podía haberle dado la simpatía que no tuvo de las clases obreras industriales del norte de Estados Unidos. Y este es un problema muy actual: somos muchos los damnificados, pero las tensiones entre clases que comparten intereses es mayor que las afinidades. Un poder que beneficia sólo a una pequeña parte de la sociedad únicamente puede mantenerse fragmentando y oponiendo las distintas resistencias.
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