domingo, 12 de abril de 2015

Religión, turismo y nacionalcatolicismo


Es muy posible que la razón de este renovado interés institucional por la semana santa sea menos cristiana que económica, pero, en ese caso, me parece que el error es doble y la realidad del país más triste de lo que uno quisiera imaginar
Me da la impresión de que cada año que pasa, la semana santa, contrariamente a la lógica aconfesional de nuestro Estado democrático, está más institucionalizada. Los ayuntamientos contratan campañas publicitarias y empapelan las ciudades con carteles que prometen unas fiestas colmadas de capuchones, cristos ensangrentados y vírgenes doloridas y angustiadas bajo lemas del tipo “Siente la semana santa”, y esa mercadotécnica coletilla que las declara por doquier “De Interés Turístico Nacional”. Es muy posible que la razón de este renovado interés institucional por la semana santa sea menos cristiana que económica, pero, en ese caso, me parece que el error es doble y la realidad del país más triste de lo que uno quisiera imaginar. Como si no hubiésemos tenido suficiente con el desastre que supuso volcar toda nuestra economía y sus ansias de crecimiento única y exclusivamente en el ladrillo, ahora parece que, mientras algunos esperan con impaciencia la resurrección de aquella burbuja, estamos decididos a aferrarnos con uñas y dientes al turismo como el medio más rápido para maquillar estadísticas y cifras de paro y tratar de escapar, de la forma más provisional y azarosa, del estigma de la crisis.
Lo cierto es que invertir en educación y en cultura (y no me refiero al jolgorio folclórico-festivo que nos venden con patriótico ahínco alcaldes y presidentes de comunidades autónomas) no parece gustarle a nadie. Significaría apostar por un proyecto de país a largo plazo y sería un proceso muy lento, poco rentable para esos inversores voraces, para esos políticos cuya única razón de ser es conservar el poder a cualquier precio, para esas grandes multinacionales que tejen sus redes de esclavos asalariados aprovechándose, precisamente, de esa falta de solidez estructural de muchos de los países donde desembarcan, imponiendo sus propias leyes, sus condiciones a cambio del maná del trabajo, de la promesa, digamos, de una miseria más civilizada.
Así que, mientras esperamos la llegada del verano y de ese turismo de sol y toros y guerras de tomates con el que calmar el hambre de tantas familias a costa de camareros eventuales, estos días pasados, hemos ido calentando motores con el pintoresquismo de nuestra semana santa. ¿En qué otro país de Europa puede un turista disfrutar de toda esta pasión (al menos estética) por el nacionalcatolicismo?

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